Todas las formas de hacer plata
El reportaje de Pablo Correa, “Un vecino incómodo”, publicado por El Espectador el 8 de septiembre ha levantado una polvareda que anticipa la polvareda de carboncillo que levantaría el puerto proyectado por la empresa canadiense Coalcorp –una de las más poderosas del mundo– y su filial en Colombia, Carbones del Carare, en la isla Barú.
Alfredo Molano Bravo
sábado, 22 de septiembre de 2007
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El reportaje de Pablo Correa, “Un vecino incómodo”, publicado por El Espectador el 8 de septiembre ha levantado una polvareda que anticipa la polvareda de carboncillo que levantaría el puerto proyectado por la empresa canadiense Coalcorp –una de las más poderosas del mundo– y su filial en Colombia, Carbones del Carare, en la isla Barú. El Instituto de Concesiones, una especie de Quinta columna de los empresarios en el gobierno, ha otorgado la licencia; el viceministro de justicia, Dr. Reyes, que anda metiendo la pata en cuanto tema trata –es el mismo del mico que permitiría la libertad de los narcoparamilitares y parapolíticos– declaró que en la isla no hay ni rastros de comunidades negras o campesinas, recurso que –digo yo– facilitaría la licencia de construcción y el despojo a que estarían expuestas las poblaciones que allí existen y que el profesor Bustillo enumeró: “Santana, el caserío de Orika (Islas del Rosario), Ararca, Tierrabomba, Bocachica y Pasacaballos”. El Ministro de Vivienda y Medio Ambiente intercambia coplas con el ministro Uriel Gallego, de una agudeza poética que dejaría verde a Campoamor. Y mientras Cotelco da alaridos y la cadena hotelera Decamerón licencia 400 empleados en Santa Marta y anuncia que no hará hoteles en Cartagena, los testaferros de la Alcaldía de Cartagena modifican a favor de sus haberes el Plan de Ordenamiento Territorial de la ciudad y cambian la vocación del suelo de Barú para permitir el puerto. La pelea es, en síntesis, entre los empresarios turísticos y los empresarios del carbón y todo se inclina a que la empresa carbonera ganará el pulso si se tiene en cuenta la naturaleza del gobierno que tenemos y la cantidad de dólares que revolotea: el turismo mueve unos 400 millones de dólares anuales, mientras que los exportadores de carbón casi 3.000. Las cadenas radiales, los canales de televisión y los periódicos principales han editorializado sobre el asunto, poniendo siempre la discusión en términos de rentabilidad económica, aunque hagan referencia de paso y por si acaso a los efectos medioambientales. El Gobierno tiene una reunión en Santa Marta con las partes. Pacho Santos la presidirá y Elías George, el gerente de Proyectos Turísticos del Distrito de la Perla del Caribe, repetirá que la región no podrá absorber a los 400 empleados que el tren carbonero de Prodeco obligó a echar a la calle. (Interesante saber qué partido tomará don Jean Claude Bessudo en este contencioso, sabiendo que anda de las mechas con el Decamerón y con su otro ex socio, Elías George). Quizás el Vicepresidente salga con las que suele salir: sin licencia, ni pío. Y luego, la licencia saldrá y el puerto se construirá y la empresa asociará a sus negocios a cuanto contradictor haya alzado la voz, excepción hecha de Rafael Vergara, que seguirá peleando por los manglares y denunciando porquerías. Nadie ha pensado en la gente del común que la obra desplazará. Desplazado más desplazado menos en una cifra que pasa ya de los 3 millones, no tiene ninguna importancia. Coalcorp se limita a decir que enganchará 70 personas. Nadie mira desde abajo, como tampoco se ha mirado desde el lado indígena ese otro atropello llamado Puerto Brisa, también carbonero, que está a punto de comenzar a construirse en Dibulla, ni el de la Represa del Ranchería y menos el del proyecto de hidroeléctrica del río Besotes, todos a la sombra del proyecto de los héroes del Tayrona. Tampoco nadie dice que un caballero de industria, el turco Isaca, Señor de Cartagena, conocido por sus relaciones con ‘La Gata’ y dueño de la nómina de la Corporación del Canal del Dique, Cardique, es el más interesado y beneficiado de la construcción del puerto que acabará con Barú y dejará negros los vestidos de las matronas cartageneras y los uniformes impecables de los marineros de la Armada Nacional. |