Los de adentro y los de afuera.
Escribo impactado aun por la manifestación del pasado domingo. Millones de colombianos aquí y en el exterior salieron a la calle. Unos por convicción, otros por desprograme y no pocos obedeciendo las directrices -tacitas o explicitas- de algunas entidades públicas o privadas. Los conciertos fueron un gancho eficaz, el sol ayudó, y nadie quería quedarse fuera de la gran foto. A la gente le gusta sentirse masa, encontrar un puesto en el rebaño. Es emocionante ir a una manifestación, pitar, gritar y salirse de la hebra. La del domingo pasado, habilidosamente manejada, fue un verdadero orgasmo de patriotismo que exhibió el poder del caudillismo y de la radio y la televisión. No obstante, ni el gobierno ni los medios merecen el respaldo y la acogida que tienen en el pueblo, que en el fondo lo que venden es propaganda. Contrasta en forma brutal el respaldo de los marchistas a la llamada institucionalidad con lo poco y malo que de ella reciben.
Salí
el lunes para el pacifico vía Cali- Guapi en avión. El Valle del rio Cauca
atiborrado de cañaduzales. Cuadriculas de cultivos perfectos, regulares,
generando, como se dice, riqueza; y la gente apiñuzcada en las orillas de las
carreteras, en los pueblitos, en las ciudades. Pasar la cordillera hacia el
Pacifico es toparse con otro mundo: una selva cada vez más entresacada por los
madereros piratas o por las concesiones compradas, Los causes superiores de los
ríos, que hace diez años estaban tapados por la selva, hoy corren desnudos. Las
aguas, antes verdosas, ahora son grises. Los abiertos son más frecuentes en la
medida en que nos acercamos al mar; los pequeños cultivos de coco, chontaduro y
pan coger van desplazando al monte. ¿Cuántos campesinos que viven y trabajan en estas profundidades supieron de las
marchas? ¿A cuántos le interesaron? Preguntas bobas que no deja uno de hacerse
cuando es pasajero. De repente, un pueblo en la curva de un rio de aguas
pesadas y lentas, construido en la cabecera de una pista de aterrizaje. El
pueblo es llamado El Charco, Cauca- distinto al homónimo de Nariño-, y el rio
es el Guapi. Más abajo los cultivos de palma africana y, claro está, los verdes
retozones de coca. Han aumentado ferozmente: “Hace un año-dice el profesor Efraín Jaramillo de la Escuela Interétnica
para la Resolución de Conflictos- existían 600 hectáreas y hoy pasan de 7.000”
Guapi está hecho una feria. Hace 10 años era un pueblo donde el Incora había llevado unos búfalos a ver si podía impulsar el latifundio en región tan húmeda, y donde sonaban las marimbas de los Hermanos Torres y de sus alumnos. Nada más. Hoy el bullicio y agitación del pueblo es notable. La chirimía ha sido desplazada por el vallenato paisa; el biche y tumbacatre -aguardientes de alambique-por el Whiskey y la cerveza, las abarcas por botas de caucho y el sombrero de paja por la cachucha de beisbolista. En los graneros venden como arroz desde recipientes y telas plásticos hasta sardinas y carne enlatada. Guapi vive ahora al ritmo febril de la coca. En este año han asesinado una docena de jóvenes. Los turistas que lleva la concesión de la Isla Gorgona -tan generosamente otorgada a dedo perdido por el gobierno al tartufo de todo coctel- de nada se enteran. Ni les importa: vienen de la marcha a ver ballenas.(Si tienen suerte).
Toda
la costa pacífica está en una condición igual o peor. Los paramilitares, las
guerrillas y la fuerza pública se pelean a muerte palmo a palmo los territorios
habitados por comunidades negras, amparadas formalmente por la Ley 70. Asistí a
una reunión de representantes de los Consejos Comunitarios, que son autoridad
reconocida por el Estado. La queja principal es simple: “Nos desplazan”. Mas de
800mil personas están en riesgo de ser desplazadas Las comunidades huyen de la guerra, uno de cuyos principales agentes
son las fumigaciones aéreas que el gobierno se empeña en hacer. Son la pieza central
de su estrategia bélica y el argumento para conseguir unos pocos dólares y destruir la selva. A los desterrados por las
fumigaciones el gobierno -que organiza las grandes manifestaciones a su favor-,
no les reconoce el estatus de desplazados, y sus tierras -que por cientos de
años han sido trabajadas por las comunidades negras con celoso respeto por el
medio ambiente-, están siendo ocupadas por ganaderos, quizás asociados a
Fedegan, gran financiador de marchistas. No reconocerles legalmente el estatus
de desplazados equivale a que las tierras que abandonan no les serán respetadas
por el Estado ni tendrán acceso a los beneficios de ley 387 del 97 ni de la protección especial que
sobre ellos ejerce la Corte Constitucional por sentencia T-025/07. Los representantes de los consejos Comunales
se ríen con sorna cuando se habla de Acción Social y sustitución de los
cultivos ilegales. No sé cuál sería la respuesta si Luis Alfonso Hoyos los invitará a una marcha.
O mejor, si sé: preguntarían si se les reconocerían viáticos. De seguro el
funcionario del gobierno respondería: ¡Pero claro!