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Columnistas: Alfredo Molano

Tierra de patrones / Alfredo Molano

 
Alfredo Molano
Noviembre 12 de 2006
Basta aterrizar en el aeropuerto para saber a dónde se llegó: Bienvenido a Caucasia. Policía Nacional, Distrito 1. Nos sentimos orgullosos porque Uds. son nuestra razón de ser. Subasta de ganado jueves y sábado. Firma: Subagauca; Colombia es pasión. A la salida de la terminal, otra señal: Hagamos país, hagamos vacas. Firma: Hacienda San X, un gran predio que colinda con la Hacienda XL que, dicen, es del propio Macaco. El Bajo Cauca es una región arrasada por la gran ganadería: corrales, pastos mejorados, aguas a discreción, corrales de cemento, cercas eléctricas, quintas con piscina, escoltas, burbujas. Todo cuanto se puede pedir. Los campesinos que abrieron esas selvas e hicieron finca, hoy están apiñados en las “zonas de carretera” o en los barrios de invasión. O entre el monte cultivando coca, viviendo en caletas. Derrotados. Nunca el Estado colombiano pudo hacer una redistribución de la tierra, ni siquiera logró imponer una reglamentación tímida a la brutal concentración. Tuvo que ceder y dejar en manos de cuadrillas armadas por los terratenientes la facultad de legislar de hecho e imponer un “código” laboral. Los grandes hacendados están en tierra más fértil, cerca de las vías y alrededor de los pueblos; los campesinos y los colonos en lo montañoso y cultivan coca. Muchos hacendados tienen acciones, por decir lo menos, en los cocales que cuidan los paramilitares. No, claro es, en los que controla la guerrilla. Con esa platica los patrones no sólo “visten” las haciendas, sino también pagan el servicio de seguridad a las AUC.
Hoy, Caucasia y Tarazá son los reinos de don Cuco Vanoy y de don Macaco. La negociación nada ha significado. Siguen mandando como señores de horca y cuchillo. No se mueve una hoja sin que desde La Ceja ellos lo permitan o lo ordenen. La gente del pueblo señala con el índice las haciendas —que, dicho sea de paso, fueron adquiridas no hace mucho tiempo—; los políticos saben de dónde salieron sus dueños y, como es ya tradición, el gobierno calla. El famoso computador de don Jorge 40 ha demostrado lo que todo el mundo sabía: que se entregaron unas pocas armas y se reclutó la clientela manejada por los hacendados para contrabandearlos como combatientes y hacer posible que el Estado, con plata de todos nosotros, financiara sus actividades, que son dos: el robo y la politiquería local. Casi lo mismo, pero con acentos y modalidades distintas. Porque como ha sido dicho y demostrado —y hasta aceptado por el mismo Gobierno—, la reserva armada de las AUC sigue intacta. Hay un caso patético que ilustra hasta dónde llegaron las cosas. Es el de la Clínica Nueva Luz, en Tarazá. No era un hospitalito de campaña. Era una clínica privada con todas las de la ley, y con el montaje técnico y profesional necesario para intervenciones mayores, pero exclusiva para los cuadros heridos o enfermos de las AUC. A cualquier persona le hubiera mostrado la íntima complicidad de la Fuerza Pública, de las autoridades —y hasta de la opinión pública local— con el paramilitarismo. La entregaron, es cierto, pero ello no vela la connivencia que existió y existe entre estas fuerzas que apuntalan el latifundismo y crían la miseria. Tarazá y Caucasia, zonas de cultivo y procesamiento de coca, lo son también de reclutamiento de cuadros militares. La Policía antinarcóticos suele fumigar las pequeñas fincas campesinas sin tocar los grandes cocales que están en manos de las autodefensas. Los uniformados oficiales aterrizan en el aeropuerto, se alojan en los hoteles, a ojos vistas, dan vueltas, hacen cruces. Los traquetos les hacen el quite. La información oficial es aceptada como evidencia incontrastable de la guerra del Gobierno contra los llamados actores armados ilegales, pero no acaban de irse los policías cuando el negocio sigue como antes. Es ya rutina. Tanta prosperidad regional tiene, pues, su secreto y está lejos de la política económica que dicta Planeación Nacional. Ella depende más de Luis Carlos Restrepo que de Carrasquilla. En esta región del Bajo Cauca, coca, vacas y armas van de la mano, son un solo negocio. Para el país, el precio de tanta prosperidad y seguridad es alto: cientos de campesinos y colonos han sido apresados y sacados por la puerta negra, es decir, asesinados.
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