La problemática ambiental ha estado siempre en el centro de los conflictos sociales. Las guerras por el dominio de las fuentes de abastecimiento económico y por el control territorial son en buena medida luchas ambientales. El paisaje se ha conformado como resultado de los conflictos entre los humanos. Las murallas, las obras de infraestructura, las obras militares han obedecido también a criterios de dominación y control de los factores naturales de los procesos de producción y acumulación. Pudiera decirse entonces que la guerra precipitada sobre Colombia tiene como uno de los motivos subyacentes más importantes aspiraciones de parte de actores del conflicto, armados y no armados, por el control de la Amazonía, del Choco biogeográfico, de los productivos valles interandinos y de los Andes mismos como factores de acumulación del capitalismo ecológico o ecocapitalismo, que se erige como modelo predominante de reproducción del capital. El problema ambiental radica no sólo en que el entorno sea el escenario o el medio de la confrontación sino en que es el objeto mismo de la confrontación.
La distribución y el control de las Bioregiones para propósitos económicos ha sido una condición del proceso de conformación societal y paisajístico de Colombia. Un grupo minoritario de propietarios oligárquicos ha monopolizado la propiedad de la tierra por vías violentas y ha dado un ordenamiento al territorio acorde a formas de valorización u renta especulativa. De manera que el campo y las zonas urbanas se van moldeando de conformidad con este modelo capitalista. Pero este proceso se ha dado no sin resistencia de las fuerzas sociales, es más, el conflicto colombiano actual no surge de la insurgencia sino que crea las condiciones para que la insurgencia surja.
Las consecuencias ambientales de esta manera conflictiva de poblamiento, ocupación y valorización del espacio son evidentes: