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Noticias: La contracultura del encubrimiento

Lunes, 8 de Febrero de 2010

 
La contracultura del encubrimiento

Y es allí donde las crecientes acusaciones de que el Estado cohonesta con el delito y con la corrupción, de que la Fuerza Pública comete delitos que deterioran su imagen y vulneran su credibilidad...


Por William Ospina

La contracultura del encubrimiento

Por: William Ospina
CUESTIONADO EN UN FORO DE LA Universidad Jorge Tadeo Lozano por su escandalosa propuesta de pagar a los estudiantes para que se conviertan en informantes de las Fuerzas Armadas, el presidente Álvaro Uribe respondió: "Yo sí prefiero tener un país con una cultura de cooperación con la Fuerza Pública, que un país con una contracultura de encubrimiento" .
Desafortunadamente, ese tipo de encuentros no permiten que los debates asuman sus verdaderas dimensiones, es fácil formular opiniones y juicios, pero es imposible ahondar en ellos, y con ocho años de práctica el presidente Uribe sabe ya que basta negar lo que el otro afirma, y cambiar de tema, para producir la sensación de que se ha respondido.
Si lo acusan de haber sostenido en el Departamento Administrativo de Seguridad a un funcionario que se alió con delincuentes y proporcionó información oficial para que se perpetraran crímenes, a Uribe le basta responder que en esos tiempos él creía en su inocencia; si lo acusan de tener como aliados suyos a gente vecina al narcotráfico, el Presidente cree que desmiente la acusación declarando que "él no tiene rabo de paja"; si le dicen que el Ejército ha asesinado inocentes con toda intención para presentarlos como terroristas dados de baja, el Presidente responde que alguien intenta calumniar a la Fuerza Pública; si le dicen que miembros del Ejército han asesinado a mansalva a campesinos de San José de Apartadó, él responde que las Fuerzas Armadas le han dicho que esos campesinos eran guerrilleros o colaboradores de la guerrilla (y ni siquiera se detiene en el hecho de que dos de las víctimas fueran menores de diez años); si le dicen que el Ejército ha bombardeado a una comunidad indígena y ha matado a tres personas, él responde que el Ejército tiene mucho cuidado de no hacer eso cuando bombardea objetivos.

Ni siquiera siente que haya que dar explicaciones. No parece preocuparle que el prestigio de nuestras Fuerzas Armadas se deteriore con cada justificación irresponsable, pero no debería ignorar que toda justificación de oficio por parte de los altos poderes equivale a una autorización. El Presidente habla de una "cultura de cooperación con la Fuerza Pública", pero no vacila en llamar así su propuesta de pagar a los estudiantes por convertirse en colaboradores y en denunciantes. Pero una verdadera cultura de cooperación con la justicia, para merecer ese nombre, requiere por parte de los ciudadanos un compromiso profundo con las instituciones (compromiso que no puede tener ese carácter mercenario) y también una confianza muy profunda en la transparencia de esas instituciones.

Y es allí donde las crecientes acusaciones de que el Estado cohonesta con el delito y con la corrupción, de que la Fuerza Pública comete delitos que deterioran su imagen y vulneran su credibilidad, de que hay funcionarios beneficiándose inmoralmente de las políticas públicas y de que el propio Presidente de la República se alza de hombros ante un cúmulo creciente de evidencias, alcanzan toda su gravedad. El presidente Uribe esgrime como una prueba de su autoridad moral el haber sido capaz de extraditar a Estados Unidos a los jefes paramilitares. Con esa misma lógica podría asumir como prueba de su autoridad moral el haber extraditado al hombre que estafó a cientos de miles de inversionistas, que entregaron sus ahorros estimulados por el silencio cómplice de funcionarios de todos los niveles que no ignoraban la ilegalidad de aquel negocio y lo dejaron crecer por años. Pero ya muchos analistas han demostrado que esas polémicas extradiciones satisfacen a la justicia norteamericana a trueque de defraudar escandalosamente la nuestra. Esas extradiciones sólo demuestran que para nuestro gobierno el más grave delito de los paramilitares no fue haber asesinado a decenas de miles de colombianos, sino haber traficado con droga hacia el norte, y el más grave delito de David Murcia es la sospecha de haber lavado activos y no el haber arruinado a millones de colombianos. Qué extrañas pruebas de autoridad moral. Y qué débil resultaría esa defensa si hubiera de verdad un escenario donde se pudiera controvertir con argumentos y a fondo.

El Presidente llama "cultura de cooperación con la Fuerza Pública" a convertir a los estudiantes en delatores mercenarios, en un país donde, por ganar prebendas, hasta la Fuerza Pública ha visto vacilar sus principios, y miembros de ella han traicionado sus más sagrados deberes con la comunidad. Y habla con dedo acusador de una "contracultura del encubrimiento" . Pero quien tenga ojos para ver sentirá que más bien esa "contracultura del encubrimiento" parece estarse aclimatando en los más altos niveles del poder, allá donde alguna vez creímos que sólo llegaban las conciencias más respetables.

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